La historia de Francisco, el papa de la gente

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Jorge Bergoglio nunca creyó que iba a ser papa. Rezaba para no serlo. Incluso, él, hombre de andar caminando las calles de Buenos Aires, a pesar de ser cardenal y máximo jerarca de la iglesia en la Argentina, llegó como todos los domingos a las 5:30 de la mañana a recoger el diario La Nación. Era el domingo 24 de febrero de 2013. Allí saludó al dependiente del quiosco, Luis Del Regno, y hablaron de algo en particular: la renuncia un mes antes del papa Benedicto XVI. Tocaron el tema porque Jorge, como le llamaba, le contó que al día siguiente debía viajar a Roma a votar por el nuevo representante de Pedro en la Tierra. Pero, además, le pidió el particular favor de seguir llevándole el diario a su modesta morada al lado de la Catedral. Sin embargo, Luis le tiró una pregunta que quedaría para la posteridad:

—Jorge, ¿vas a agarrar la batuta? —a lo que Bergoglio respondió:

—Eso es un fierro caliente, nos vemos en 20 días, vos seguí tirando el diario.


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Todos los diarios del mundo habrían de anunciar 17 días después, en su versión extraordinaria, que en la noche del miércoles 13 de marzo, pasadas las 19 horas se había escogido papa, que su nombre completo era Jorge Mario Bergoglio Sívori, nacido en el barrio Flores de la ciudad de Buenos Aires, Argentina; quien, además, cuando le preguntaron cómo quería que le llamaran de aquí en adelante, de manera sincera había respondido: Francisco. Tres días  después habría de explicar que ese nombre lo había escogido cuando su amigo el Cardenal brasileño Claudio Hummes le dijo en el momento de su elección: “No te olvides de los pobres” y mientras se finalizaba el escrutinio llegó a su corazón el nombre de San Francisco de Asís: “el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación”, diría.

Jorge Bergoglio no creció en la pobreza, pero si fue educado en una familia austera y trabajadora. No había cumplido los 13 años cuando su papá lo llamó aparte y le dijo: “Ya estás en edad de trabajar e ir consiguiendo honradamente lo tuyo”. Con esas instrucciones se empleó en un almacén de calcetines en las labores de la limpieza. Aplicado, avanzó rápidamente a la ayuda en la sección de contabilidad. Por esos mismos días habría de aprender a cocinar él mismo. No era que le gustara la cocina, sino que doña Regina, su madre, después del nacimiento de su quinto hijo había sufrido una parálisis que la mandó a la cama, de modo que ella desde su lecho de enferma le daba instrucciones a sus hijos de cómo se mezclaban los alimentos para hacer una buena sopa o un buen desayuno. Los que lo conocen, saben que Bergoglio hasta que fue cardenal de Buenos Aires le gustaba cocinar para él o para sus invitados los días domingos. Incluso hoy, aun siendo papa tiende su cama, porque dice que ese ya es un hecho que indica trabajo.


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Bergoglio se diplomaría con excelentes notas como técnico químico y su mamá le apuntaba a que Jorge estudiara medicina y fuera el primer médico de la familia. Pero llegaría el día del sacudón. La noticia que dejaría en silencio a su mamá y que alegraría a su padre. Jorge tenía 21 años y sentó a su papá para contarle algo que cambiaría el rumbo de sus vidas:

—Papá, quiero ser sacerdote, quiero irme para el seminario.

Su padre, de gran condición católica se alegró y le dio un beso y un abrazo. El hielo vino por parte de Regina, su madre.  Ella optó por el silencio frente al tema y dejó que su hijo ingresara al seminario diocesano de Villa Devoto en Buenos Aires.  Pero la decisión no había sido un arrebato por parte del joven Jorge. Habían pasado tres años antes para que madurara el emprendimiento definitivo hacia la iglesia. La luz, la voz, la revelación, la epifanía o como se le quiera llamar le llegó casi al cumplir los 18 años. Curiosamente Jorge se iba para una fiesta, con sus amigos de adolescencia, Alberto D’Arezzo, Abel Sala, Oscar Crespo y Francisco Spinoza, pero antes entró un rato en la iglesia de San José de Flores, allí se confesó con un sacerdote bastante afable. Aquel 21 de septiembre de 1953, al salir del confesionario, cuenta el propio papa, que sintió una tranquilidad tan inconmensurable que decidió regresar a casa mientras su mente le decía que debía ser cura.

“Se enojó mal”, diría tiempo después refiriéndose a su madre quien no lo acompañó al seminario y quien nunca lo visitó, aunque los fines de semana lo recibía en casa como si no estuviera haciendo carrera para cura. Por esos mismos días hubo una tribulación en su vida. De pronto antes de partir al seminario, cayó en cama. Los médicos le revisaron y no daban con la causa de la enfermedad. Entonces hallaron que el problema estaba en su pulmón derecho. Allí le encontraron tres quistes que debían extirpar o podía morir. Era un joven deportista, sano, que no bebía y mucho menos fumaba. Tal vez, fue en esas condiciones y tras recuperarse que con más ganas partió hacia el servicio de Dios.


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En el seminario se encontraría con otro cura que marcaría su vida. Se trata de Enrique Pozzoli, un líder salesiano de Almagro. Fue él quien le aconsejó a Bergoglio que se trasladara como seminarista a Tandil, donde podía seguir mejor los pasos de Don Bosco, pero además mejorar la parte del pulmón derecho que le había quedado. Lo hizo, pero curiosamente un año después se decidió por ingresar a la Compañía de Jesús; es decir, seguir los pasos de San San Ignacio de Loyola. De ahí en adelante profesar votos de obediencia, pobreza y castidad.

Dentro de la Compañía haría estudios de historia, literatura, latín y griego. Tras el noviciado fue enviado en 1964 a dictar clase en el Colegio de la Inmaculada Concepción, en la provincia de Santa Fe. Su aspecto físico era tan joven que los alumnos lo bautizarían con el sobrenombre de ‘Carucha’. Sin embargo, sus clases de literatura se habían convertido en un culto dentro del claustro. Un día, por aquella época, les dijo a sus alumnos que cada uno debía realizar un cuento, aunque a los que les quedara difícil la ficción podían realizar un escrito de cualquier cosa, pero que le imprimieran su mayor esfuerzo porque alguien llegaría invitado desde Buenos Aires para leer los textos y calificarlos.

Ninguno de los alumnos imaginó que aquel agosto de 1965 entraría por la puerta del salón de clase el mismísimo Jorge Luis Borges. El escritor más respetado de la Argentina no había tenido inconveniente en llegar en tren hasta Santa Fe. Ayudado por Bergoglio, ya con sus problemas de ceguera avanzados, se sentó enfrente de los alumnos e inició una clase magistral sobre la literatura gaucha. Pero además el maestro de las letras les anunció que se quedaría dos días más y que escucharía la lectura de cada uno de los cuentos, tanto para aconsejar como para corregirlos. De ese episodio saldría un libro que hoy no se consigue en ninguna parte pero que hace parte de la grandeza de Borges y Bergoglio. Los dos escogieron 14 historias y titularon la recopilación  como ‘Textos Originales’ con prólogo del propio Borges.


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Jorge Mario Bergoglio prácticamente se ordenó sacerdote a los 33 años. La edad de cristo. Era diciembre de 1969 y aquella vez se llevó una gran sorpresa. Dentro de los asistentes estaba su madre Regina, quien en un acto de gran humildad se acercó a su hijo y le pidió que le diera la bendición. Por esos mismos días también estaba próximo a finalizar sus estudios en teología en el Colegio Máximo de San José. Curiosamente su primer viaje al exterior fue a Colombia en 1970, justo antes de viajar hacia España para pasar la tercera dura y ardua prueba de su noviciado como Jesuita. Sus homilías comenzarían a hacer eco en los corrillos de la iglesia Argentina, no solo por sus palabras sino porque lo que decía lo hacía. Era ejemplo. “La iglesia debe acercarse a los pobres y no los pobres llegar por hambre a la iglesia”, decía.

Bergoglio era de tomar cualquier microbús e irse hasta los confines de los barrios de invasión, dar misa y quedarse conversando con la gente para alentarlos a salir adelante. Lloraba sin que nadie lo viera cuando regresaba al centro de Buenos Aires. De hecho su primer gran nombramiento, sin pedirlo, fue como provincial de los jesuitas en la Argentina en el año 1973. Apenas si tenía 36 años y había quedado al frente de velar por más de 160 sacerdotes y media docena de casas cúrales. Pero aquella década se vendría una experiencia amarga para todos los argentinos: la dictadura militar de José Rafael Videla. Era 1976 y cierta parte de grupos militares iniciaron un trabajo de limpieza social contra todo aquel que oliera a izquierda o comunismo. Fueron decenas de personas las que acudieron a los favores del padre Bergoglio. Con toda la “calle” que había recogido durante sus años de andarla, Bergoglio fue capaz de diseñar planes tanto para esconder gente, como para sacar algunos perseguidos políticos del país y para presionar la liberación de secuestrados.

Se comprometió tanto en salvar vidas que fue capaz de entregarle su propio documento de identidad a un joven en peligro, disfrazarlo de cura y llevarlo él mismo hasta el transporte para sacarlo del país. Un día, muy preocupado por la vida de los curas Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes habían sido secuestrados en la villa de Rivadavia, le pidió al capellán que le oficiaba las misas a Videla que se hiciera el enfermo para él celebrar el ritual y estar cerca del teniente general. Mucho tiempo después se supo que no solo habló con Videla para que liberaran a Yorio y a Jalics sino que también lo hizo con un almirante de apellido Massera que tenía mucha injerencia en la cúpula militar. Los dos curas finalmente saldrían con vida, pero enemigos de Bergoglio tergiversarían la historia afirmando que por él, habían sido secuestrados y torturados.


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Como párroco a mediados de los años ochenta y noventa fundó cuatro nuevas iglesias y logró montar media docena de comedores para los niños pobres. El 13 de mayo de 1992 al sacerdote Jorge Mario Bergoglio lo mandó llamar monseñor Ubaldo Calabresi a la sala de espera del aeropuerto de Ezeiza. Hablaron de variedad de cosas sobre el trabajo en Buenos Aires. Bergoglio pensó que lo estaban regañando sin regañar, pero justo cuando monseñor se iba a subir al avión le soltó una gran noticia: “fuiste nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires, la designación se hace dentro de ocho días”.

Vaticanistas que han investigado la vida de Bergoglio han coincidido en una cosa: el argentino nunca ha hecho lobby para ascender en la iglesia. Eran sus actos los que hacían que la gente le echara el ojo. Algo parecido sucedió cinco años más tarde, el martes 27 de mayo de 1997. Monseñor Calabresi lo invitó a almorzar a su casa. Allí en medio de disertaciones un empleado apareció con un pastel y champagne. Bergoglio confiesa que pensó que era el cumpleaños de Calabresi y que casi se atreve a felicitarlo. Pero no. Ese día le anunció que desde Roma había sido nombrado como el nuevo obispo coadjutor de Buenos Aires. Un año más tarde murió Antonio Quarracino y Bergoglio lo sucedió como arzobispo de Buenos Aires; es decir, gran primado de la Argentina.

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Tal vez el año clave en su vida fue el 2001. Por aquellos días el papa Juan Pablo II lo hizo cardenal de modo que su nombre se agregó al selecto grupo de purpurados del planeta. Y, él, Jorge Mario, como siempre, dejó su huella en dicha ocasión. A todos los que le pidieron acompañarlo a su nombramiento en Roma les hizo una solicitud: que en lugar de gastarse la plata en ese viaje, la donaran a los pobres.

Ese mismo año ocurrió algo que está dentro de lo que tiene que suceder. El relator general del sínodo de obispos del 2001 era el padre Edward Egan, pero tuvo que viajar a New York por el atentado contra las torres gemelas, de modo que Bergoglio fue escogido como su remplazo. Lo hizo tan bien que fue el más votado para representar al continente americano en el consejo sinodal. Entonces llegaría la muerte Juan Pablo II y el conclave del año 2005. Aunque todos los purpurados juran silencio total de todo cuanto acontece dentro de la elección del nuevo papa, a la prensa se filtraría que el argentino había sacado 40 votos, pero que con un argumento valioso les había pedido a sus seguidores que se los dieran al alemán Joseph Ratzinger “Ya que tanta fumatas negras harían pensar al mundo que la iglesia estaba totalmente dividida”.


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Bergoglio pensó que se había salvado de ese fierro caliente. Pero con lo que no contaba era con la renuncia de Benedicto XVI en febrero del año 2013. La elección estaba tan clara que duró apenas un día. Esa misma semana dejó en claro el tipo de papa que iba a ser. Primero no quiso quedarse a vivir en el tercer piso del lujoso palacio del Vaticano sino quedarse en la modesta habitación 201 en la residencia de Santa Marta en un cuarto de 50 metros cuadrados, e incluso desayunar y almorzar junto a la gente que pasa por aquella sede. Un papa de la gente. No le gusta andar en la limosina papal sino que anda en un sencillo Ford Focus color azul. Tampoco le gusta que respondan las cartas por él. Siempre trata de hacerlo él mismo. Igual pasa con las llamadas telefónicas, es quizá el primer papa que ha llamado directamente a una decena de fieles a darles consejos o alientos.

Tal vez por ello, fue él mismo quien seis días después de haber sido ungido como el vicario de Cristo en la Tierra, sacó su agenda, marcó un número del teléfono de la Argentina y llamó al dependiente que le dejaba todos los días el periódico en su morada de Buenos Aires, solo para decirle que le disculpara, que debía cancelar la suscripción porque lo habían elegido papa y no podía hacer nada. Solo pedirle… que rezaran por él.

 

Créditos bibliografía:
Un tinto con el papa Francisco / Néstor Pongutá
El Jesuita / Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti
Diario La Nación
Diario El Clarín
BBC
RT Noticias
Prensa Vaticano

 

Fuente: W Radio

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